Pilotar y escalar <b>La autopista Panamericana</b>

Pilotar y escalar La autopista Panamericana

En 2017, James Barkman y dos amigos suyos decidieron viajar por la autopista Panamericana, pero de un modo muy original: pilotando y escalando. Lee sobre los (literales) altibajos de su viaje, desde el Monte Denali en Alaska hasta los Alpes peruanos, con unas Suzuki DR650s.
06-17-2019
Adventure

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JAMES BARKMAN
#REVITRIDER

James Barkman es un fotógrafo, escalador, piloto, y amante del riesgo, que en los últimos cinco años no ha tenido otro hogar que la carretera. Su trabajo y viajes le han llevado desde el Círculo Polar Ártico a Afganistán, y de momento no tiene planes para echar raíces en ningún sitio. Viviendo en su camioneta Volkswagen de 1976, James es un experto nómada de la carretera, y sigue diseñando expediciones de escalada y aventuras en moto a lo largo y ancho de nuestro planeta.

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James Barkman

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EL SUEÑO: PILOTAR Y ESCALAR

Durante años, con dos amigos nos pasó por la cabeza muchas veces recorrer la Panamericana. En la primavera de 2017, nos pusimos a ello en dirección norte con unas Suzuki DR650s que no costaron más de 1500$. Con un mísero presupuesto y la determinación de pilotar desde Alaska hasta la Argentina, mis dos amigos y yo empleamos un año y medio en diseñar y pilotar por la carretera más larga del planeta.

La Panamericana se extiende desde Deadhorse, en Alaska, un pueblo aparentemente abandonado a varios cientos de millas al norte del Círculo Polar Ártico, hasta Ushuaia, en Argentina, la ciudad más meridional de Sudamérica. Además de recorrer las 30.000 millas (aproximadamente 48.000 kilómetros) desde el Círculo Ártico hasta la Patagonia, nuestro objetivo también era escalar (escalar rocas) tantas montañas como fuera posible durante el camino.

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PREPARATIVOS: EL EQUIPAMIENTO

Cargar las motos con material para escalada de altura era un buen desafío. Desde el Monte Denali en Alaska hasta los picos de más de 6000m en los Andes peruanos, nuestros objetivos durante el trayecto requerían un arsenal específico de equipamiento para hielo y bajas temperaturas. Cuando estábamos cargando nuestras cuerdas, piolets, tiendas, sacos de dormir y el resto del equipamiento de montaña, bromeábamos sobre si podríamos cargar también algún calzoncillo de recambio.

Aparte del capítulo de la escalada, nos disponíamos a pilotar bajo algunas de las condiciones ambientales más duras que hay, lo que requería también una equipación adecuada e inteligentemente seleccionada. Las temperaturas bajo cero del Ártico, la lluvia helada de los territorios del noroeste canadiense, las calurosas y pegajosas junglas de América Central y los altiplanos andinos –solo por nombrar algunos de los escenarios a visitar– nos esperaban.

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VIVIENDO COMO REYES POR 10$ AL DÍA

Emprender un viaje de casi dos años requiere un compromiso muy elevado, no íbamos a dar una vuelta por el barrio y a casa de nuevo. A medida que se acumulaban los preparativos y se acercaba nuestra fecha de salida, se hacía más difícil entender qué íbamos a encontrarnos. La posibilidad de caídas, lesiones y averías nos intimidaba pero a la vez nos excitaba. El misterio de lo desconocido y la carretera abierta eran de lo más estimulante.

Por América del Norte pasamos con un presupuesto frugal de 10$ diarios, contando hasta el último de nuestros céntimos, desayunando avena insulsa y cenando burritos con alubias. Al caer la noche acampábamos junto a nuestras motos en desiertos remotos, rodeados de coyotes y cactus, o en playas solitarias, lejos de todo y de cualquier otro ser humano.

Nuestras buenísimas chaquetas de moto nos servían de almohada. Por la mañana tomábamos un café vaquero amargo. Nos lavábamos en ríos y riachuelos y, para refrescarnos, o nos tirábamos en cualquier pozo, o nos metíamos directamente en el mar. Una noche, acampando cerca de una ciudad, me pareció de lo más extraño no ser capaz de identificar la Vía Láctea.

Pasamos tanto tiempo en áreas remotas y espacios salvajes que encontrar civilización nos parecía de lo más extravagante. Vivíamos como (reyes) gitanos, aunque lo de reyes no tenía nada que ver con el presupuesto que manejábamos. De pequeño leí muchos cuentos de cowboys, y aunque ese tiempo ya pasó, nos imaginaba como modernos cowboys, solo que habíamos sustituido los caballos por nuestras motocicletas.

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LOS ALTOS (Y BAJOS)

En Latinoamérica, cada país nos colmó con nuevas experiencias y recuerdos sin parangón… los deliciosos tacos de pescado de Baja, en México, los amigables monos de Costa Rica, o los siempre rabiosos perros de Colombia, las exuberantes junglas de Ecuador, la hospitalidad de los peruanos de los altiplanos, y ese tiempo tan y tan variable cuando te adentras en altitudes montañosas de los Andes.

Un viaje tan largo tiene muchos momentos de euforia, pero también algunos en los que tu moral está baja. No hay nada de divertido en cascarte 800 kilómetros con temperaturas bajo cero, o pilotando bajo un aguacero, y luego tener que levantarte y ver que al día siguiente es más de lo mismo. Si hubiera tenido un céntimo por cada mañana que me levanté con centenares de picotazos de mosquito, sería un hombre rico, y mentiría si dijera que nunca me asaltó la nostalgia.

Cuando se trata de expediciones de alpinismo y viajes en moto, es inevitable una buena cantidad de “diversión tipo 2”. Como cualquier aventura que merezca recordar, hay siempre un elemento de dificultad y sufrimiento que se convierte en un ingrediente crucial en la experiencia. Puede que haya habido más dolor y sufrimiento del previsto inicialmente, pero los recuerdos e historias han quedado plasmadas por siempre en mi memoria.

Las aventuras de verdad para nada significan buen tiempo, buena comida y contratiempos cero, por eso las llaman “aventuras” y no “vacaciones”. Pilotar a través de los salares bolivianos inundados, adelantar a miles de flamencos en la Patagonia, y presenciar más salidas de sol desde mi saco de dormir de las que puedo recordar parece que compensen todas aquellas tristes millas inacabables, bajo un frío glacial a veces.

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EL FINAL

Después de 17 meses y 38.000 millas (casi 61.000 kilómetros) a nuestras espaldas, llegamos a Ushuaia, Argentina, más muertos que vivos. Pilotar desde Alaska a la Patagonia ha sido lo más duro que he hecho jamás.

Pero seguramente lo más reconfortante es que nunca olvidaré todas esas experiencias vividas, ni los kilómetros recorridos, ni las montañas escaladas durante el recorrido, ni tampoco las montañas de la autopista Panamericana.

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